El primer intento por imprimir una nomenclatura oficial a las calles cordobesas data del gobierno de Sobremonte (1784-1798). Pese a la voluntad de la administración colonial, sin embargo, las calles seguirían siendo reconocidas por los nombres dados por los usos y costumbres de la época, hasta bien entrado el siglo XIX.

Una actividad laboral, una casona importante o algún nombre destacado tuvieron más relevancia a la hora de servir de referencia para identificar una cuadra de la ciudad que un sello oficial.

La actual 27 de abril ilustra bien el derrotero de las vías de circulación cordobesas. Según la documentación histórica disponible, hacia principios de XIX era conocida por De los Plateros, nombre que aludía a los establecimientos de producción de utensilios localizados a su alrededor.

Avanzando hacia el este, De los Plateros se transformaba en “la cuadra de Don Augusto López” (entre las actuales Buenos Aires e Ituzaingó), o “la cuadra de don Bernardino Cáceres” o de “la de don Juan, el inglés” (entre Ituzaingó y Chacabuco), todos vecinos prominentes de la época.

En cuanto a las referencias en torno a las edificaciones destacadas, los ejemplos también se multiplican. Tal fue el caso de la calle Santa Catalina (hoy Obispo Trejo), en clara referencia al monasterio de las monjas Domínicas, como también las “cuadras de Santa Teresa”, “de la Merced”, “de Santo Domingo”, “de San Francisco” y “de La Compañía”, todas -como es obvio- identificadas por el nombre de las iglesias.

Más allá del frustrado esfuerzo de Sobremonte, durante el periodo colonial no hubo una normativa específica al respecto. “Ni las Ordenanzas de Carlos I del año 1523 y sus complementarias de Felipe II, referidas a la población y organización de las ciudades (del mundo colonial), establecía criterios referidos a las vías de circulación. Esto llevó a los pobladores a referenciarlas con designaciones vinculadas a las principales actividades que se desarrollaban en los edificios que abrían puertas a ellas, de significación a la población”, apunta Guillermo Poca en su estudio “Modificación de las designaciones urbanas en Córdoba”. “En otras oportunidades –continúa- utilizarán significantes institucionales vinculados al poder que se traduce en la monumentalidad de sus sedes”.

Ciertamente, un transeúnte de hoy podría sentirse desconcertado ante la profusión de designaciones. Sin embargo, debe considerarse que la ciudad de entonces era muy distinta de la que hoy conocemos; la vida social estaba circunscrita a 70 manzanas, raramente la circulación peatonal se aventuraba más allá del perímetro conocido, delimitado al sur por el actual bulevar San Juan; al oeste, por la calle Salta; al norte, por Catamarca-La Rioja; y al este, por Ayacucho. La experiencia del espacio urbano estaba dominada por las relaciones de proximidad, de modo que las “coordenadas” para orientarse estaban basadas en la experiencia cotidiana antes que en regulaciones estatales.

Aunque las “fronteras” de la ciudad se ampliaron hasta límites inimaginables en aquellas épocas, la cuadrícula (foto) diseñada a fines de XVI se mantiene hasta nuestros días. En rigor, las formas rectilíneas que adoptaron las calles de los centros urbanos en el periodo colonial se inspiran en los antiguos campamentos romanos, que estaban dispuestos en forma de cuadros o de rectángulo. Es que, como apunta el sociólogo Richard Sennett, “en la historia ulterior del urbanismo occidental, la cuadrícula ha servido para abrir nuevos espacios”.

Cambio de época

Al calor de las transformaciones económicas, poblacionales y políticas, las denominaciones cotidianas comenzaron a ser reemplazadas por otra simbología. Así, en 1860 De los Plateros –por seguir con el ejemplo de una de las arterias más transitadas- fue rebautizada 27 de abril, en conmemoración a la revuelta que puso fin a 17 años de gobierno de Manuel “Quebracho” López, uno de los caudillo provinciales aliados a Juan Manuel de Rosas.

Como argumenta Poca, en la segunda mitad del siglo XIX los criterios de denominación comenzarán a asociarse “a personas relacionadas con el descubrimiento y administración colonial, a la gesta de la independencia y la organización nacional, preferentemente ligada a Córdoba”.

Un hecho fue decisivo a la hora de concebir la nomenclatura tal como hoy la conocemos. En 1909 la municipalidad de Córdoba dictó la ordenanza N°1448, que rige hasta ahora. Esta norma dividió a la ciudad en cuatro cuadrantes determinados por dos ejes, uno de norte a sur y el otro de este a oeste, que darán cambio a las designaciones.

A partir de entonces, la plaza San Martín se convierte en una suerte de punto cero, donde arranca la numeración. “Al efecto de la nomenclatura de las calles de la ciudad servirán de punto de arranque para las que corren de este a oeste, las actuales San Martín e Independencia, y Constitución (hoy Rosario de Santa Fe) y Deán Funes para las que corren de norte a sur y sus prolongaciones a los pueblos”, dice la ordenanza.

Actualmente, la mayoría de los nombres de las vías de circulación suelen ser propuestos por los vecinos o centros que los nuclean, que elevan al municipio su propuesta para que, luego de un análisis a cargo de las áreas de Catastro y Archivo, sea remitido para su tratamiento y aprobación por el Concejo Deliberante.


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