• Alberto Maiztegui

A sus jóvenes 95 años, Alberto Maiztegui encuentra hoy tiempo para disfrutar de óperas como la Traviata y Rigoletto, y de tesoros entre los que se cuentan los documentales científicos de divulgación que sigue viendo. Claro, es que desde los 18 estuvo siempre abocado a la docencia, la investigación, la formación de docentes e investigadores.

Nos recibe en su casa de mañana. Café de por medio, comenzamos a desandar su vida y parte de la historia de la ciencia argentina. Nos rodean fotos en blanco y negro, muchos cuadros y grandes bibliotecas. De a poco aparecen los primeros recuerdos.

Primeros años y docencia

Alberto Pascual Maiztegui nació en abril de 1920 en Gualeguay, Entre Ríos. Junto a sus padres y siete hermanos se trasladó a Buenos Aires cuando contaba sólo siete años.

Cuando terminó el magisterio, a los 18, no supo qué carrera seguir. Por entonces apareció un profesor que le dijo “usted tiene que enseñar matemática, vaya y estudie en el profesorado”. Así, un poco por azar y otro por vocación, ingresó al Instituto Superior del Profesorado Dr. Joaquín V. González.

El Jaoquin V. González, donde Maiztegui cursara el profesorado.

Al poco tiempo, el rector del profesorado lo instó a escribirse también en Física. Allí conocería en tercer año a un ignoto profesor recién llegado de Francia tras su especialización. Ese hombre, que sería muy significativo en su vida y su formación, era Ernesto Sabato, quien contaba con 30 años y lo convertiría en su ayudante alumno ad honorem.

Poco después Sabato dejaría la ciencia para dedicarse a la literatura. Por esos años, Ernesto ya tenía escrito el primer tomo del texto Física de 1° y 2° año, y le ofreció a Alberto escribir el segundo, la continuación. En marzo de 1946 apareció entonces Elementos de Física, de Sabato y Maiztegui.

Un día Alberto le confesaría a su mentor que además de la docencia le gustaría hacer investigación, a lo cual, según recuerda, Sabato respondió: “Si querés hacer investigación en Física, tenés que ir al Observatorio Astronómico de Córdoba, donde están los doctores Enrique Gaviola y Guido Beck, las cumbres de investigación en Física de la Argentina”.

El azar colaboró para este viaje, recuerda Maiztegui, dado que no era sólo él quien quería venir a trabajar a esta provincia. Otros dos compañeros profesores de Física también estaban interesados. Los tres deseaban ser discípulos de Gaviola, por lo cual “hicimos una polla para pagarnos el viaje y el sorteo me favoreció”. Otra vez el azar jugó a su favor, y así se entrevistó con Gaviola. Luego que éste lo aceptara como discípulo, entre 1947 y 1948 Maiztegui junto a su señora y su pequeña primera hija se radicaron en Córdoba y comenzó a trabajar en el Observatorio.

Jaoquin V Gonzalez

Fotografía grupal en oportunidad de la 8va Reunión de la Asociación Argentina de Física. *

*Foto tomada frente a la entrada sur del Observatorio Nacional Argentino, realizada entre el 19 y 22 de septiembre de 1946. 1: Alberto Maiztegui, 2: Dr. E. Gaviola, 3: Dr. G. Beck, 4: José Balseiro y 5: D. Canals Frau. También puede identificarse  a: J. Bobone, b: B. Dawson, c: J. Sahade, d: W. Luyten, e: R. Stanford y f: el Dr. Beppo Levi. (Archivo OAC – Museo Astronómico)

Enrique Gaviola, jefe y mentor

Al evocar a Gaviola le reconoce grandes méritos: en primer lugar, el científico, que era un físico de primera línea. Gaviola estudió junto a sus pares más encumbrados de la época, entre ellos Max Planck, Max Born y Albert Einstein. Este último lo consideró como un colega y amigo al cual solía consultar (como en 1948, año en que le pidió su adhesión al Manifiesto de Chicago que alertaba sobre los peligros del uso de la energía nuclear).

Pero Alberto no deja pasar la preocupación de Gaviola por la política científica del país, creando desde el observatorio un polo de atención para jóvenes físicos de la talla de Balserio, Mario Bunge, entre otros. Lo hizo para ir formando el personal científico que la Argentina no tenía entonces. Con los criterios propios de la investigación, tal como fue la creación de la figura de dedicación exclusiva, el Full Time. Condición necesaria para la formación de investigadores. Su aporte en este sentido es innegable, recuerda.

Maiztegui cumplía uno de sus sueños y tenía un lugar, ad honorem, en la institución – incluso la llave del Observatorio, pero debía ganarse la vida dando clases por la mañana en el Liceo Militar General Paz, 15 horas de matemática. Destaca que con estas horas podía vivir junto a su señora y su pequeña primera hija, por esos años tampoco había puestos disponibles.

En este viaje selló una amistad que también marcará el rumbo de su vida, es en el Observatorio donde conoce a José Antonio Balseiro.

Balseiro, compañero y amigo

En Córdoba conoce a José Balseiro, trabajaron juntos en el Observatorio, antes que este se trasladase a La Plata para estudiar e investigar, obteniendo el doctorado en física de la Universidad Nacional de La Plata. En 1950 Balseiro obtuvo una beca del Consejo Británico.

Al regresar de Inglaterra Balseiro lo llama y retoman sus encuentros y amistad que durara hasta su muerte y que hoy sigue con su familia. En 1955, usando parte de lo que fueron las instalaciones del Proyecto Huemul, la Comisión Nacional de Energía Atómica creó el Instituto de Física de Bariloche. Balseiro jugó un rol importante en la puesta en marcha del instituto y fue su primer director.

La vuelta a Buenos Aires

Luego de la renuncia de Gaviola al Observatorio, en 1949 Maiztegui vuelve a Buenos Aires y allí comienza a escribir ahora junto a Jorge Sabato, sobrino de Ernesto, el popular Introducción a la Física. Recién en 1952 aparecerá, y durante 50 años se utilizaría en todos los colegios de América latina. “Era buena física -continúa-, con una presentación didáctica muy atrayente para los estudiantes. La virtud de la editorial fue no imponernos  condiciones”.

Una curiosidad fue la introducción de la descripción de lo que sería un satélite artificial, cuando aún estos no existían. “Lo habíamos visto en una revista de física inglesa y tomamos el ejemplo para explicar como se mantienen en órbita. Eso fue como una premonición”.

Bariloche y de nuevo Córdoba

Es el mismo Balseiro, tras su vuelta de Inglaterra, quien lo impulsa a cursar la licenciatura en Física en la universidad desde 1953 y luego el doctorado, ya trabajando en Bariloche, bajo la dirección del ahora su colega y amigo.

En 1961 estando en Bariloche es tentado de la Universidad Nacional de Córdoba, desde el Instituto de Matemática y Física (IMAF) lo invitan a formar parte del cuerpo docente. Con sus hijas próximas a terminar su secundario, Córdoba se convirtió de nuevo en su lugar de trabajo.

Por aquel tiempo el IMAF -hoy FAMAF-, impulsado por Gaviola, tenía dificultades para formar su cuerpo docente, no tenían ningún Doctor en matemática y sólo había un Doctor en Física. El IMAF se formó sobre el observatorio astronómico y los astrónomos. Con las dificultades de época recuerda haber sido el séptimo director en sólo cuatro años de la institución.

El IMAF, un gran desafío

Ya como director del IMAF se apoyará en los egresados para conformar el cuerpo docente de la institución, con el aval del Consejo Superior. Para su gestión se manejó con los principios inculcados por Bernardo Alberto Houssay y José Antonio Balseiro. “Las turbulencias de la época no fueron pocas, como la noche los bastones largos, donde la represión fue particularmente violenta en las facultades de Ciencias Exactas y Naturales y de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Más de 300 profesores universitarios, 200 de ellos científicos, renunciaron y dejaron el país. Esto también se reflejó con la perdida de docentes del IMAF”, evoca Alberto.

La apuesta por los nuevos docentes, recientes egresados, se completaba con el envío a distintos centros científicos de primera línea a nivel Nacional como internacional, Estados Unidos, Francia, Inglaterra. Esto produjo fortalezas en la producción de trabajos científicos, originales y hoy son tomados como un acierto de su gestión.

La Academia de Ciencias y la vinculación

Junto a las responsabilidades en el IMAF, se suman una serie de actividades en la Academia Nacional de Ciencia, del cual formaba parte desde hace años y tanto desde la universidad como desde la academia comienza a promover la vinculación entre los distintos niveles de enseñanza.

“La academia estaba apartada de la enseñanza media, y consideraba que no tenían nada que los uniera. No se advertía que para tener una formación completa, una buena ciencia,  debía vincularse los distintos niveles. De la relación entre los distintos niveles, es donde se adquiere las distintas fortalezas para desarrollarse. Promovimos así la vinculación de estudiantes y docentes de media con los académicos”, acota.

Hoy este legado continúa con Programas que vinculan a distintas instituciones y niveles como:   Personalidades de la Ciencia y la Tecnología en la Argentina

La primer Feria de Ciencia

La formación de docentes del IMAF también se consolidó en base intercambios con distintas instituciones, como con la Unesco. En 1960, este organismo organizó seminarios de un año de duración para mejorar la educación científica, un profesor del IMAF estuvo presente y de allí se tomo el modelo de las Ferias de ciencias.

Así en 1966 se desarrolla la Primer Feria de Ciencia con el objetivo de colaborar para la formación científica de los estudiantes, en las instalaciones de la Universidad Nacional de Córdoba. Desde aquí se iniciará un camino que hoy esta presente en todo el país y en todos los niveles y que el caso de Córdoba desde 2.014, tiene el nombre de su fundador Feria Provincial de Ciencia y Tecnología Alberto Maiztegui.

Los padres de la Ciencia Argentina

Cuando repasamos los grandes hombres de la ciencia Argentina con quienes el se relacionó Alberto dice: “De Bernardo Houssey -premio Nobel Argentino- rescato su importancia política en el desarrollo de la ciencia en Argentina. Sus nuevos criterios, como la incorporación de las hemerotecas en las universidades, cuando las revistas eran de las pocas formas de comunicación entre los continentes sobre temas de desarrollo científico. Su visión de invertir parte del presupuesto en esto era inusual, como la realización de Congresos y las becas. Estos criterios fueron únicos y quedaron”.

De Luis Federico Leloir – premio Nobel también- recuerda haber estado sentado junto a él en un Congreso y haber podido conversar bastante con él. “Su nombre y legado es un respaldo sólido, formidable, por sus criterios, sumando a Enrique Gaviola, para lo que aún basta hacer en nuestra ciencia”.

Reconoce de esos pioneros, que trabajaban cuando todavía no había demasiados criterios científicos, sin olvidarse de Balseiro y Ranwel Caputto, “a ellos le debemos el actual desarrollo de la ciencia Argentina”.

Consejos para docentes y alumnos

Finalmente cuando le pedimos algunos Consejos, luego de decirnos que le es muy difícil darlos, remarca: “Prestando atención a la educación científica, se adquiere un capital valiosísimo que se multiplica muchas veces”.

Incentivar la divulgación de las ciencias es algo que aún lo desvela y nos regala: “El trabajar con amor con la ciencia produce réditos inconmensurables. Hay que aprovechar las oportunidades que el país ofrece”, concluye.


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