Fernando Morales es guitarrista y compositor. Nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, donde fue trabajador rural. Morales sabe de madrugadas frías, largas jornadas de trabajo y también de las noches abrigadas al calor del fuego y la guitarra. Apasionado por las raíces de la música folklórica, un día emprendió un viaje a caballo desde su pueblo natal hacia la ciudad de Cosquín, junto al músico entrerriano Víctor Velázquez, para homenajear de ese modo a Jorge Cafrune en el marco del tradicional festival folklórico que se realiza en esa ciudad del Valle de Punilla.

Al tiempo, Morales fijó residencia en Córdoba atrapado por su paisaje y muy especialmente por su gente. Producto de esa admiración, el músico encaró la película documental “Pachi, la leyenda, la historia”, que fue declarada de Interés Cultural por el Gobierno de Córdoba. El film rescata la figura de Patricio Barrera, guitarrero nacido en el Cerro Colorado del que muy poco se conoce.

La película será proyectada como parte del ciclo Cine Club Juan Oliva los días lunes 2, martes 3 y miércoles 4, a las 21 horas, además del lunes 9, martes 10 y miércoles 11, a las 19, en el Auditorio Daniel Salzano del Centro Cultural Córdoba (Avenida Poeta Lugones 401). El filme documental fue presentado días atrás en el Cerro Colorado mediante una proyección del Cine Móvil de la Agencia Córdoba Cultura. Antes de la proyección, se descubrió frente a la iglesia del pueblo una escultura del Indio Pachi, creación del artista plástico Juan Carlos Antuña.

Con motivo de su re-estreno en Capital, Fernando Morales cuenta más de esta experiencia y del recorrido emprendido hasta llegar a concretar la meta.

¿Quién era Patricio Barrera, el Indio Pachi?

Nació y vivió en el Cerro Colorado. Tuvo varios oficios: fue picapedrero, tenía una pequeña chacra que era el sustento de su familia, unas cabras, sembraba y de a ratos ejercía de peluquero.

Además de sus virtudes en la guitarra, Pachi se destacó por ser un hombre muy bueno, generoso y hospitalario. Fue querido y respetado por todo el pueblo. Aún se lo menciona como “Don Pachi” y esa denominación de “Don” llega cuando se la ha ganado por su forma de transitar en la vida y vivir siempre en armonía. Pachi era sinónimo de amistad, de juntada a guitarrear, de asados y serenatas en la madrugada. Y era también una mano tendida para quien acudía a su colaboración o pedido.

¿Cuál es el legado de Pachi para el cancionero popular?

Cuando se nombraba la guitarra en el norte de Córdoba, en la década del ´50 ó ´60, era frecuente mencionar al Indio Pachi. Fue un autodidacta que supo traducir muy bien en su guitarra tocada al revés lo que la tierra le dictó. Ese sonido de manos de trabajo del campo, de ordeñe, de punta y masa para trabajar la piedra, ese sonido solamente fue posible porque sus manos y su alma vivían en contacto directo y en armonía con la tierra.

Escuché mucho a Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, Abel Fleury, Carlos Di Fulvio, Omar Moreno  Palacios, entre otros. Y en ellos encontré ese sonido del campo, como el que logró Pachi, sin maestros más que el sonido del río y los pájaros. Sencillez y alma. Siento que su obra tiene peso propio, es pura expresión, es decir, mucho con poco.

Pachi representa un estilo de tocar la guitarra. Una forma particular que hizo que 100 años después alguien se siente a escribir y querer saber más sobre él y mostrar su historia. Tal vez no dejó una gran cantidad de obras como legado, pero quedó eso a lo que muchos aspiran: entrar en el mundo de lo anónimo. Quienes hemos vivido y trabajado en el campo sabemos el rigor que sufren las manos y esa rusticidad hace que el sonido tenga hondura y expresión. Eso es lo que lograba Pachi.

¿Cuán valioso ha sido el aporte de la mujer de Pachi, Doña Blanca, recientemente fallecida?

El aporte de doña Blanca fue fundamental. En principio porque ella fue quien me impulsó a realizarlo, tocar la obra y mostrarle al público la calidad de artista que era Pachi. Todo lo que van a ver en este trabajo fue facilitado por ella. Me autorizó no sólo a mostrar la obra, sino a ahondar en su vida y conocer más cómo vivía y pensaba Patricio Barrera.

Sé que disfrutó este trabajo, lo notaba en sus ojos y en sus gestos cuando rodábamos en el pueblo y su casa. Su predisposición para participar de la película estuvo desde el primer momento. Charlamos mucho, me abrió su casa y su corazón, lo que fue fundamental para crear esta otra historia que se verá en pantalla. Le estaré eternamente agradecido por sus palabras, sus consejos, y su silencio que supe apreciar.

¿Qué despertó tu interés por realizar el documental?

Soy un músico inquieto por conocer un poco más sobre esa música que me atrapa, que es la que sonaba y suena en las guitarras de campo. Vi muchos documentales sobre músicos de nuestro país y extranjeros. Leí sobre montajes y armado de guiones. Sobre todo aprendí mucho conociendo los tiempos de escenas y planos en el día a día del trabajo durante estos dos años que llevó la realización. Hugo Mamaní, cámara y montajista de “Pachi”, fue quien iba traduciendo mis ideas para llevarlas a la pantalla. Otra de las personas que consulté por la experiencia en trabajos de esas características fue el periodista Víctor Pintos, quien también forma parte de este sueño, además de la amistad que nos une.


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