• Vuelo final del teniente Juan José Arrarás. Foto gentileza Martín Arrarás
  • Nicolás Ivar Romero, en 1982

“Hombre, acuérdate de que polvo eres y en polvo te convertirás”. La frase bíblica toma, en víspera de Semana Santa, mucha más fuerza. Sobre todo ese cariz definitorio que certifica la finitud del ser humano sobre la Tierra. El corto periplo que recorremos por estos parajes culmina con la ceremonia que nos lleva de regreso a la materia originaria: la sepultura permite, a quienes quedan, la posibilidad de contar con un lugar al cual volver con la ilusión de seguir al lado de quien se fue. A Martín Arrarás le dicen “El Vasco”, y seguramente nunca pensó en relacionar los simbolismos pascuales con parte de su propia historia.

El apodo es una de las tantas cosas que el apellido le dejó para la posteridad a este médico veterinario nacido hace 53 años en la ciudad de La Plata. Si se le pregunta al Vasco qué otra cosa rescata de su sello en la vida, no duda ni un segundo cuando dice, en voz baja pero firme: “Mi hermano”. Y cuando el Vasco dice “mi hermano”, se refiere a Juan José Arrarás, piloto militar que con el grado de teniente de la Fuerza Aérea falleció a los 25 años durante el ataque de Bahía Agradable, una de las acciones de combate durante la Guerra de Malvinas que causó bajas y graves daños a la Armada inglesa.

Su avión, un Douglas A-4B Skyhawk, cayó por el impacto de un misil disparado desde un Sea Harrier enemigo, cerca de la aldea Fitz Roy, en zona de la isla Soledad. Martín Arrarás no puede hacer lo que todos hacen cuando quieren llorar a sus muertos: para hablar con su hermano, en vez de apuntar la vista a la tierra, el Vasco levanta la cabeza y mira hacia el Atlántico, en dirección sur.

A Nicolás Ivar Romero siempre le gustó el campo. Y los caballos. Quizá por eso nadie se sorprendió en su familia cuando tomó la decisión de estudiar agronomía, carrera de la que todavía debe un par de materias. Del campo dice que es el lugar en el que uno puede salir un poco del ruido y la histeria que la vida moderna impuso en las ciudades y pueblos, el sitio en el que la inmensidad le recuerda al hombre lo que en definitiva es: un pequeñísimo punto móvil flotando en el Universo. Y ama los equinos por su nobleza, su resistencia, su sacrificio y por sobre todas las cosas, su confiabilidad. Una vez que el caballo afianza la relación con quien está a su lado, nunca lo va a dejar librado a su suerte.

No es casualidad que Ivar, como lo llama todo el mundo, enumere todas las características mencionadas para explicar su raigambre al campo y su pasión por los caballos. Y no es casualidad porque en 1982, con apenas 18 años, sintió en carne propia lo que es la inmensidad cuando cruzó el mar y pisó una tierra castigada por el viento helado de las aguas australes; y de muchas maneras, fue la resistencia, el sacrificio y la confianza en el compañero lo que le permitió salir con vida de una contienda en la que probablemente le tocó matar.

A Ivar se le entrecorta la voz en algunas ocasiones cuando tiene que contar su historia de veterano de Malvinas. Con 55 años cumplidos el 20 de enero, y a 36 calendarios de la guerra, una de sus certezas es que entrar en combate no le aporta a un hombre muchas respuestas, pero sí lo hace más eficiente a la hora de hacer preguntas: ¿Para qué peleamos? ¿Por qué matamos? ¿Merecemos amanecer?

El Ministerio de Agricultura y Ganadería del Gobierno de la Provincia de Córdoba tiene una nómina de 254 agentes. Dentro de ese número de nombres y apellidos, los de Martín Arrarás y de Nicolás Ivar Romero navegan en un documento Excel, sin que el resto sepa que las Islas Malvinas significan para ambos una parte muy importante de sus vidas. Y los dos tienen mucho para contar.

Las alas

Vuelo final del teniente Juan José Arrarás.

“Mi hermano estaba en San Luis. El tipo de avión que piloteaba, un A4 Skyhawk, solamente lo podían maniobrar los tenientes, chicos que tenían entre 23 y 28 años. Esto era así por el tipo de aeronave, por los reflejos que se necesitaban, por la velocidad. Y eran aviones monoplaza, no tenían copiloto. La única base que tenían estos aviones era la de Villa Reynolds, en la provincia de San Luis”, cuenta Martín Arrarás, hermano del teniente Juan José Arrarás, muerto en combate.

“Esos aviones no tenían capacidad de combustible para ir a las islas y volver, debían reabastecerse en el aire, ese era uno de sus puntos débiles: había que bajar la velocidad y encontrarse con un Hércules. De las dos misiones que salieron ese día (el 8 de junio), volvió uno solo de los pilotos. Dos tuvieron que regresar por fallas técnicas, al resto los derribaron, entre ellos a mi hermano. Nunca pudieron recuperar su cuerpo, que cayó al mar”, narra el Vasco.

-¿Saben cómo sucedió?

-Lo abatió un avión Sea Harrier inglés. Cuando te impacta un misil, tenés fracciones de segundo antes de que explote y ese tiempo se usa para eyectarse. El relato del único piloto que volvió dice que mi hermano logró eyectarse, pero supone que el choque con el aire lo mató, porque el avión había superado la velocidad del sonido.

-Muchos resaltan el coraje de los pilotos argentinos, dadas las características del combate

-Se creó esa mística del aviador argentino, cosa que además era cierta. Porque a la diferencia de tecnología, se sumaba el hecho de no poder usar las comunicaciones en el ataque, y de volar a gran velocidad a ras del mar para no ser detectados por los radares. Más de uno se comió una ola.

-¿Cómo se enteraron en tu familia?

-Cada piloto tiene un albacea, que es la persona que entre otras cosas debe avisar de su muerte en combate, y en este caso era otro hermano mío. Se comunican con él y luego él nos dio la noticia.

-¿Cómo repercutió en la historia familiar?

-Hay una diferencia entre los soldados conscriptos y mi hermano, y es que mi hermano tomó la decisión de hacer lo que estaba haciendo. Era un profesional que sabía los riesgos y se preparó para eso, y esa seguridad que tenía lo hizo más fácil para nosotros también, más allá del dolor. Y ante el hecho de no haber encontrado su cuerpo, te queda la última imagen de él con vida. Mi hermano murió cuando estaba a punto de casarse. Es un detalle que sirve de excusa para contar la camaradería que había entre los pilotos: cuando le daban los francos, mi hermano se los cedía a quienes tenían familia.

Juan José Arrarás fue ascendido posmórtem a primer teniente y condecorado posmórtem con la Medalla al Valor en Combate por Ley Nº 25.576 del 11 de abril de 2002. El gobierno argentino lo incluyó en el listado de los héroes nacionales.

La lucha, acá y allá

Nicolás Ivar Romero, en 1982

“Una de las fortalezas que nos permitió sobrevivir a varios de los que estuvimos en Malvinas fue sin duda el conocimiento que solo te da vivir en el campo. Por ejemplo, yo sabía faenar, y cuando no nos llegaba comida las ovejas eran nuestra salvación”, cuenta Ivar Romero. “Yo tenía 18 años: terminé el secundario en diciembre del 81 y en febrero del 82 me incorporaron al servicio militar. Pisé Malvinas el 5 de abril, formando parte del RI8 de Comodoro Rivadavia, y regresé en un barco de transporte de tropas a Puerto Madryn el 16 de julio. La guerra había terminad oficialmente el 14”, detalla.

-¿Te tocó combatir?

-Entramos varias veces en combate, y me hirieron en el tobillo. Por eso me evacuaron del frente 15 días, y después me mandaron de nuevo. Nosotros no sufrimos tanto los ataques aéreos, sino los intentos de desembarco de los ingleses, que fueron todos contrarrestados, no les permitimos desembarcar.

-¿Te tocó abatir a un enemigo?

-La respuesta es que no sé. Hay mucha fantasía alrededor de lo que es el combate, hay muchas películas. En los intentos de desembarco, yo era apuntador de MAG, una ametralladora automática que tira aproximadamente 1.200 disparos por minuto y tiene un alcance de 1.500 metros. Fueron muchas las veces las que tuvimos que repeler a los ingleses, pero no tengo la certeza de haber matado. No se veía bien a la distancia.

-¿Participaste de las acciones por el reconocimiento de los veteranos?

-Con Alejandra Vigo trabajé en la primera ley provincial de reconocimiento a los veteranos de guerra, que fue sancionada y promulgada. Yo tuve que dar el discurso en esa ocasión. Además con algunos compañeros armamos los primeros centros de veteranos.

-¿Cómo fueron los últimos días en las islas?

-Cuando nos toman prisioneros, hacia el final de la guerra, nos despojan de todo en la bahía San Carlos, y nos pusieron en una cámara frigorífica de ovejas. Estábamos en combate y sin comunicación, porque el equipo se había averiado. Tuvo que venir un grupo de soldados argentinos a avisarnos que la guerra había terminado, y cuando estábamos bajando nos topamos con las tropas inglesas que nos rodean y desarman. A mi grupo lo separan porque ellos creyeron que se trataba de un grupo especial, y éramos pibes de 18 años.

-¿Qué significa Malvinas para vos?

-Fue una experiencia muy dolorosa, y creo que la importancia para mi vida radica más en el trabajo posterior que hice para el reconocimiento que lo que pude haber hecho en combate. Me tocó ver morir compañeros al lado mío, tuve que sepultarlos. Y tuve la desgracia de tener que entregar un reconocimiento post-mortem a la madre de uno de ellos. Te juro, me temblaron las rodillas hasta una semana después. Y digo desgracia, porque hubiera dado cualquier cosa para que esa madre no recibiera la medalla, y que en cambio tuviera a su hijo.

-¿El regreso al hogar como fue?

-Eso sí es algo que no me olvido. No tenía ropa, ni dinero. Conseguimos con un compañero, Ledesma de apellido, dos pasajes de Comodoro Rivadavia a Córdoba, 35 horas sin tener nada para comer. Cuando llegamos a la terminal, le pedí por favor al boletero que me facilite dos pasajes a Villa Dolores y yo le dejaba mi documento para volver después con la plata, pero no quiso. Entonces un señor que vio todo se acercó, me preguntó qué pasaba y yo le dije que veníamos de la guerra. Nos dio dinero para los pasajes, nos compró dos lomitos, nos abrazó y se fue. Nunca puede darle las gracias, ni preguntarle su nombre, y hasta el día de hoy, si yo tuviera que pedir algo, pediría volver a ese momento para agradecerle. El otro chico, Ledesma, murió hace unos años, totalmente olvidado. Era de un paraje de las sierras, que se llama La Patria.

El recuerdo de Ivar para con el soldado Ledesma, del paraje La Patria, es un buen corolario. Un soldado que, como él, arriesgó su vida para pelear por eso que todos llamamos de la misma forma que el pueblo que lo vio nacer y morir, y que en ocasiones es tan complicado de asimilar, de explicar, de sentir: la Patria.

 


Volver
ff , , , , , ,